Silvia Cerezales Laforet

Escritora y autora de OREJA DE LOBO

4.- NO DAR PUNTADA SIN HILO

Si, me parece sustancial no dar puntada sin hilo, no quedarme con la mano tonta en el aire sin saber por dónde tirar, perdida en un mundo de ensoñaciones, que sí, vuelan, pero no aterrizan ni se plasman en ninguna parte.

Dado que me satisface enormemente poder compartir mis sueños, a estas alturas ya sé que para llevar a cabo cualquier plan o aventura imaginada, es indispensable crear un hilo conductor; un hilo al que engancharse, algo así como Tarzán a su liana, o -acudiendo a otro símil -, volcados sobre el dibujo de un bordado imaginado, procurar enhebrar la aguja con hilos que no sean rígidos ni tan difíciles de manejar que lo único que consigamos sea atascar la aguja en un punto clave de la tela, por ejemplo, justo al inicio del trazado intuido o visualizado,  y ya no poder seguir el hilván, por mucha cabezonería que le echemos al asunto.

Por tanto, para poder ir al hilo del rumbo deseado, la hebra que manejemos debe de ser consistente, aunque ligera; dúctil, y también capaz de cambiar de color y de trayectoria a su libre albedrío, sin avisarnos; un hilo que evolucione a su aire y al que sigamos enganchados con espíritu aventurero, aún cuando se salga por la tangente y sobrevuele jardines desconocidos donde puede que se quiebre y nos suelte de sopetón en el aterrador vacío, precursor de un batacazo más o menos sonado.

Sin embargo, en la dificultad, pienso yo que lo mejor es procurar no tirarnos demasiado de los pelos, y recordar que “la paciencia es la madre de la ciencia”; dejar, por tanto, reposar el proyecto iniciado, que, al parecer, supera de momento  nuestro entendimiento, y ocuparnos de otras cosas que requieran inmediata atención, pero sin abandonarlo, que conste.

Siguiendo un tan sabio consejo, nos sucederá, sin duda, lo que en el cuento al sastrecillo valiente, que, un buen día, se encontró de nuevo con la aguja enhebrada en la mano y una gran emoción en el corazón al sentir que un saber interno había acudido a visitarle por sorpresa y le animaba a correr en busca de  su bordado, aparentemente abandonado, pero por el que nunca había dejado de apostar.

Y así es como llega el momento de retomar la aventura guiados por una mano mágica e invisible, que se adaptará como un guante a la nuestra y la conducirá  girando y bailando sobre la tela, bordeando y bordando los caminos que habíamos dejado atrás sin explorar y que, puntada a puntada, iremos reconociendo como los anhelados, los vislumbrados, los hijos pródigos que se presentan ante nuestros ojos, cargados de novedades que nos maravillarán con su fulgor.,,

Ya hemos dicho que una aguja sin hilo es capaz de un pinchazo o de varios, pero que no va más allá…Una aguja sin hilo, desinfla un globo con facilidad, o también puede perderse en un mar de arena, o en un pajar; o, por la noche, deslizarse sin descanso entre un revoltijo de sábanas y de sueños imposibles de recordar al amanecer, que terminarán, sin duda, convirtiéndose en pesadillas recurrentes si no decidimos, de una vez por todas, enhebrar nuestra aguja con el buen hilo; aliado indispensable para culminar la realización de nuestros sueños.

Aplicándome el cuento, retomaré, hoy mismo, lo hilvanado hace meses  con la aguja que dejé pinchada en la silueta del bordado en el que quise aventurarme; en los inicios del trazado de la historia que empecé a contarme.

Agazapados y dormitando, los felinos de mi cuento, Lena y sus panteras negras, esperan que les sacuda de su letargo para que, en el transcurso de los luminosos días del verano y cabalgando sobre sus lomos, me pueda adentrar, paso a paso, en el corazón de las aventuras que compartiremos…

Así que es posible que desaparezca durante algún tiempo en el exuberante bordado que se irá tejiendo entre mis manos: el tiempo que requiera esta aventura …

Aún así, asomaré la nariz por aquí de cuando en cuando… o eso espero….aunque nunca se sabe….

 

 

3 .- ¿De qué pie cojeas?

O, también podría preguntarme: ¿Cuántas veces has tropezado con la misma piedra? O, mejor aún: ¿Recuerdas dónde perdiste tu zapatito de cristal?

Añado, además, otra cuestión: ¿Será verdad eso de que lo que más deseamos es a lo que más tememos,  y que lo que tememos por encima de todo es llegar a ser felices?

Porque aunque nos pasemos la vida buscando, a tientas y con desesperación, esa tan cacareada y no menos quimérica completa felicidad, que decimos merecer por el solo hecho de haber nacido, hace tiempo que la convertimos en una especie de gárgola, a la que apenas conseguimos despertar de cuando en cuando, casi por casualidad, durante escasos, breves, efímeros y, eso sí, luminosos instantes, en que, protegidos y purificados por ella, disfrutamos de la vida; de la inmensa vida que se extiende ante nosotros cada día; de la gran desconocida que nos envuelve en su oleaje y nos arrastra a menudo hasta sorprendentes e inesperadas orillas.

Me pregunté todo esto una mañana, una en que la gota colmó el vaso: abría la puerta de mi casa con intención de salir a la calle y me di cuenta de que llevaba puesto un solo zapato, y también de que no era la primera vez que ocurría lo de dejarme, por ejemplo, una zapatilla de andar por casa ,sin poner, y empezar a ocuparme de las tareas del hogar, cojeando; o que, sin ni siquiera  iniciar la lazada de una de mis deportivas, salía pitando escaleras abajo con peligro de pisar el cordón suelto y matarme; y todo, porque una inconsciente y acuciante prisa por alcanzar algo o llegar a algún lugar que ni siquiera  había terminado de dibujarse en mi conciencia, asaltaba mi mente desde un inesperado empujón interno cuando todavía no había terminado de calzarme…como por ejemplo, en este caso.

Tan evidente fue aquel día esta extraña costumbre mía, que, retrocediendo en busca del zapato abandonado en el dormitorio, pensativa y con el cuerpo en forma de signo de interrogación, me pregunté por el número de años que debía hacer que persistía en mí esta clase de cojera, y me respondí enseguida, con horrorizada certeza, que seguramente  venía arrastrándola desde mi tierna infancia; y, mientras terminaba de calzarme, me dije, también, que si empezaba ahora a fijarme en la innecesaria costumbre de cojear y a preocuparme por ella, sería porque ya tocaba hacer caso de este arraigado hábito mío y desactivarlo…Este es el principal cometido que persigue la práctica del yoga, recordé: observar nuestros hábitos mecánicos, nuestras rutinas; detectarlos  y desactivar los indeseados, los que nos ponen una y otra vez la zancadilla en lo que debería ser un libre, ligero, fluido, y saludable caminar por la vida. Claro está que para desactivar estos enganches, algunos más nefastos que otros -recordé asimismo- , es necesario bucear hasta el núcleo de cada uno de ellos y pulsar el mecanismo que lo envíe a la carpeta de actitudes con fecha de caducidad; y que este aparentemente corto y simple gesto, requiere, sin embargo, la necesidad de emprender la aventura de un viaje hacia las desatendidas profundidades de mi ser, a través del siempre selvático túnel que conduce hasta el núcleo del núcleo de  cualquier costumbre; y que nunca se sabe con lo que uno se va a encontrar por el camino…

En la práctica  del yoga – seguí disertando para mis adentros- se observan muy de cerca las múltiples maneras en que la mente manda sobre el cuerpo, ya que, evidentemente, es su ama y señora: el cuerpo no hace ni un solo movimiento que esta no controle de manera consciente o inconsciente…Bloqueada la mente: bloqueado el cuerpo; libre la mente:libre el cuerpo…Colapsada la mente, se acabó el bombeo de sangre desde el corazón a las arterias…Que el cuerpo sigue las órdenes impuestas por nuestras emociones, es un hecho comprobado: ¿no es acaso cierto que si nos sentimos heridos y no por algún accidente físico, el cuerpo responde atemorizado y doliente, con la respiración entrecortada, el fluir de la sangre dificultoso, el color de la piel mortecino y la mirada sin brillo? Y que, cuando, por el contrario, nos encontramos inmersos en la alegría, ¿no es también cierto que el cuerpo reacciona exultando salud y belleza?

En la práctica del yoga -sigo diciéndome- procuramos sentir de forma muy básica, muy animal, nuestro cuerpo. Contemplamos sus actitudes desde el lecho por el que fluye la respiración, espejo móvil de nuestro sentir; y así conocemos las reacciones inmediatas de nuestro organismo y podemos equilibrar su funcionamiento. La imaginación es tan poderosa, que somos capaces de distorsionar la realidad más elemental con, por ejemplo, llegar a sentir frío en el centro del tórrido verano, o creernos boca abajo, cuando estamos boca arriba, o confundir el chirriar de unos frenos con el lamento o gritos de angustia de alguien cercano…Dirigiendo la atención a la respiración, la mente se mece en el aliento de la vida y hace aflorar, espejeando, en su limpio ir y venir de lo profundo a la superficie y de la superficie a lo profundo, los engranajes, nudos o lazos, que constituyen el devenir de nuestra existencia.

Y así, enfocada la atención (madre de todas las virtudes) en mi aparentemente estúpida cojera, fue como me enteré de lo que la provoca; de donde viene esta prisa mía por saltar a menudo hacia adelante sin haber concluido la tarea en que me encuentro inmersa; que la culpa es de esta sed de quimérica felicidad siempre proyectada en un hipotético futuro, que me empuja hacia un frente invisible todavía, a ciegas, aunque sepa, como todos sabemos, que el tiempo para disfrutar  del bienestar es, irremediablemente, el presente…y que, sin embargo, instintivamente tendemos a huir de él, porque a veces es inevitable atravesar una profunda y desgarradora oscuridad antes de llegar a ver la luz; antes de alcanzar la ligera y esplendorosa felicidad de un momento pleno.

¿Acaso, no le sucedió esto mismo a Cenicienta cuando al llegar la medianoche tuvo que salir corriendo a refugiarse en su pasada, oscura y desdichada vida, temiendo que el momento luminoso que había empezado a saborear podía desvanecerse para siempre jamás al no sentirse merecedora de vivirlo? ¿No pensó, acaso, nuestra querida Cenicienta, que más valía lo malo conocido que lo bueno por terminar de conocer? ¿Que si no salía a escape, podría romperse  el hechizo, es decir la crisma, y quedar definitivamente desolada, mucho más desgraciada que antes?

¿No será entonces, efectivamente, el temor a ser feliz y no poder o no saber cómo manejar y preservar la apenas saboreada y tan deseada felicidad, lo que nos hace saltar compulsivos hacia adelante, con la secreta esperanza de que en la próxima parada podremos por fin atraparla  y conservarla para siempre?

Craso error, porque la felicidad, como todo en esta vida, no es estática.

En el cuento, Cenicienta deja atrás, en su huida, un zapatito de cristal. Para mí, significa que, aunque aparentemente haya perdido para siempre el paraíso, algo suyo, vital, ha quedado allí: el zapatito de cristal abandonado- la culminación de su ser – que, una vez recuperado, le permitirá caminar por la vida sin cojear, por mucho miedo que tenga a no ser aceptada en su desnudez (sin los signos externos del poder adquisitivo) por el príncipe( la sociedad que da a estos atributos materiales una importancia prioritaria) Pero si no  acepta con naturalidad los vaivenes materiales y emocionales de la vida, no podrá volver a disfrutar del paraíso, que una vez probado su sabor, resulta inolvidable. El paraíso perdido es la vida en plenitud, la vida aceptada con todos sus contrastes.

Y para terminar: últimamente, cuando me pillo con la lazada suelta o caminando con un solo zapato, aminoro la marcha de inmediato y con un divertido y ligero giro hacia el pasado, recojo mi zapatito de cristal, feliz de recuperar el tiempo que creía haber perdido.

 

2 .- LA IMAGEN DE SÍ MISMO

“Hay montones de cosas que un guerrero puede hacer en un determinado momento y que no habría podido hacer años antes. Esas cosas no cambiaron; lo que cambió fue su imagen de sí mismo.”

En esta frase se condensan, de alguna manera, las enseñanzas del chamán Juan Matus a Carlos Castaneda.

La imagen de sí mismo o idea de sí mismo, podríamos decir que es equivalente a lo que llamamos nuestra personalidad. El problema es que creemos que somos la personalidad que nos atribuimos, la idea que tenemos de nosotros mismos, sin terminar de comprender que lo que creemos que conforma nuestro ser no es más que el ramillete de actos reflejos que hemos ido atesorando a lo largo de nuestra vida. Porque aunque nos cueste creerlo, esta personalidad a la que nos aferramos en lo bueno y en lo malo, hasta que la muerte nos separe, no es en absoluto inmutable y para siempre, ya que puede cambiar a la misma velocidad que se ha ido conformando: es decir, podemos incorporar nuevas grabaciones o imitaciones, esta vez de forma más consciente, al tiempo que vamos deshaciéndonos por el camino de viejas, pesadas, obsoletas y repetitivas costumbres y rutinas que, a lo largo de nuestra vida, nos van saliendo al paso, una y otra vez, impidiéndonos caminar con libertad: se trata, más o menos, de imitar a las serpientes cuando se van deshaciendo de su vieja piel y terminan por usar y lucir la nueva, de hermosos y distintos dibujos, que les ha ido creciendo por debajo y en silencio.

Resumiendo: que ya es hora de aceptar y asumir que somos monos de imitación desde que nacemos…, ni más ni menos, así como suena; que el proceso de nuestro aprendizaje a todos los niveles y el reconocimiento de nuestras emociones y de las de los demás, depende – y esto lo descubrió en 1996 el grupo de Giácomo Rizzolatti, primero en el cortex ventral de los macacos y años más tarde en el área de broca y en la corteza parietal de los seres humanos-, de un tipo de neuronas que llamaron espejo o especulares, porque se activan cuando un animal ejecuta una acción y también cuando observa una acción ejecutada por otro individuo, especialmente un congénere.

Al parecer, la actividad de este sistema de neuronas, se va refinando con el aprendizaje, y, por tanto, cuanta más experiencia exista en la conducta observada, mayor será la activación de las neuronas espejo, y más auténtica parecerá la imitación.

Lo que se llegó a pensar como simple sistema de imitación, se ha descubierto que, por medio del sistema espejo, no solo se imita, sino que se hacen propias las acciones, sensaciones y emociones de los demás.

Es, por tanto, muy saludable, reconocer que la imitación es la base del comportamiento social y de la cultura. Y que el comportamiento de nuestros menores, hijos, o alumnos en los colegios, va a depender, en principio, siempre del espejo en que se miran, no solo de individuo a individuo, sino también a través de representaciones mentales (películas, juegos, libros, publicidad…), ya que la puesta en marcha de las neuronas espejo emocionales, se corresponde con las ideas.

La mala noticia es que es fácil creer, como decíamos antes, que somos de una manera u otra, y que eso no puede cambiar, como, por ejemplo, cuando afirmamos “Soy torpe; distraído o distraída, o violento, o guapo, o feo, o bueno, o malo, al haber actuado en algún momento con distracción o torpeza o con pleno acierto, o cuando imitamos algún acto violento, u otro sublime o bondadoso; comportamientos todos, puntuales, aunque algunos más establecidos que otros en nuestra conducta, pero de los que, sin duda ya, siempre habíamos previamente sido testigos, de una manera u otra. También depende  parte de nuestra autoestima de si está o no de moda la estructura, color o tamaño de nuestras características físicas. Y, a tenor de ello, decidimos, nosotros mismos o nuestros padres  o tutores, que no somos adecuados para esto o aquello, y terminamos creyéndolo firmemente, mostrándonos, sin cesar, frente a  nosotros mismos y a los demás, con los que interactuamos, manipulados por dichas peculiaridades.

La buena noticia es que no nos tenemos que conformar con proyectar continuamente la misma película con el mismo e idéntico YO, como protagonista, si así lo decidimos. Llega un momento, por ejemplo, por seguir con Castaneda “…en que  un guerrero maduro – dice – debe ser un dechado de disciplina, con el fin de superar la casi invencible laxitud de nuestra condición humana.” Es decir, que para parar la rueda de imitación inconsciente (neuronas espejo actuando por su cuenta) que gira incansable, arrastrando ideas preconcebidas y pensamientos de desesperación, por ejemplo, basta – y se dice pronto- aplicarse a fondo en que nuestras neuronas espejo, espejeen o graben  nuevas formas de comportamiento que nos resulten atractivas: esta vez, conscientemente; y así dejar de vivir embotados, que es como suelen transcurrir nuestros días; resignados a seguir haciendo, diciendo, escuchando o contemplando muchas cosas que no nos satisfacen.

Y aquí entran en juego las llamadas prácticas o sistemas de crecimiento personal: la meditación, por ejemplo, como dice Pablo D`Ors, aumenta nuestra capacidad de percepción: la mirada se limpia (las neuronas espejo, o los espejos de las neuronas) y se comienza a ver el verdadero color de las cosas…Y también comenta en otro apartado de su magnífico libro, Biografía del silencio…que somos tan misteriosos que llega el momento en que hasta eso que nos disgusta llega a enternecernos y a divertirnos…”

Doy fe de ello…Cuando empiezan a limpiarse los espejos  recargados de imágenes repetitivas y superpuestas, y quedan despejadas estas puertas de percepción, nuestra vida comienza a tomar otro cariz; saltan a la vista nuevos colores, nuevas imágenes y palabras, otra clase de emociones; en fin, uno empieza a vivir la maravilla de asomar a la mañana con el corazón de un niño que espera recibir durante las siguientes horas, un número indeterminado de regalos y sorpresas; a despertar cada día, al alba, con un pálpito de renacimiento.

ON THE ROAD: ¿Causalidad o Casualidad?

“The answer my friend is blowing in the wind”

Pues si…

Hoy me desperté de madrugada con esta interrogación en la cabeza, y, como suelo, cuando una pregunta pilla a mi cerebro con la guardia baja, sacudiéndose las telarañas de la noche, y aprovecha para colarse en mi conciencia más prosaica, perfilando con fuerza sus particulares puntos de interrogación, me apresuro a saltar de la cama, me armo de  papel y lápiz y respondo a lo que me acaba de asaltar, antes de que mi travieso olvido, que siempre está al acecho, se desayune la pregunta en un pispás,  madrugador él, como es, tragón y compulsivo si yo no se lo impido a tiempo: Siempre  está dispuesto a devorar cualquier pregunta que aparezca en esta limpia hora de la mañana y sobre todo la incipiente respuesta, que, rauda, empieza a despuntar en mí, no sea que mi oronda censura ( aunque últimamente la tengo a régimen, sigue estando sobrealimentada), a la que no ha dado tiempo a abrir su chiringuito, no le reproche luego  no haberse deshecho a tiempo de mi espontánea respuesta matutina, que, podría, según ella, poner en peligro la salvaguarda de mis casillas y rutinas habituales de pensamiento. Pero claro, yo, que últimamente me empeño en salirme de madre, explorar y experimentar el potencial aún por descubrir de mis posibilidades físicas y mentales – nunca es tarde si la dicha es buena-, no quiero dejar escapar ni una sola pregunta de este espontáneo auto interrogatorio, y mucho menos dejarlas sin respuesta, me guste o no su planteamiento…Quiero cazarlas al vuelo y masticarlas bien, hasta llegar a saborear el agradable jugo que siempre guardan en su núcleo. Y, hasta la fecha, por mucho miedo o simplemente respeto que me dé afrontarlas , no me ha fallado ninguna de ellas.

Entiendo, pues,  que para mí sea prioritario, si alguna pregunta me visita, furtiva, al alba, abrir de par en par las puertas del archivo que, en mi memoria, contiene sus asociaciones. Me resulta fascinante contemplarlas, asimilarlas o asumirlas: enriquecen mi día, como a las plantas lo hace el rocío que florece en ellas al amanecer o un buen riego antes de que caliente el sol.

Empujo, pues,  a un lado, a mí, a pesar de todo, querido olvido ( a veces muy bienvenido), y una vez dado el salto de rigor fuera de la cama, con mi cuaderno sobre las rodillas, me incorporo a la intimidad de este momento, dispuesta hoy a compartirlo.

Recordemos la pregunta planteada: ¿Representan, acaso, CAUSALIDAD Y CASUALIDAD, las dos caras de una misma moneda?

-Siiii – me respondo, de inmediato-, sin duda…

Sin embargo quiero cerciorarme y busco ayuda en Wikipedia, aunque, antes, no dejo de echar una ojeada al diccionario:

CAUSALIDAD: relación o vínculo que se estableceentre causa y efecto (causa, principio, origen y explicación de algo-

De acuerdo, me digo..

Busco ahora un poco más allá y me entero de que la física sostiene que no hay nada en el intelecto que no haya estado antes en los sentidos; que cualquier evento está causado por otro anterior, y que, inevitablemente, el comportamiento de las personas tiene sus consecuencias.

Encuentro, además, un par de refranes ilustrativos:

  • “Cosecharás lo que has sembrado”
  • “Quién siembra vientos, cosecha tempestades”

Y también algunas frases célebres sobre el tema:

  • “Las causas están ocultas, los efectos son visibles para todos. (Ovidio)
  • “Feliz el que llega a conocer las causas de las cosas, (Virgilio)
  • “Todo lo que nace proviene necesariamente de una causa, pues sin causa nada puede tener origen (Platón)

La CAUSALIDAD, pues, concluyo, no es difícil de comprender ni de prever. Si hacemos trabajar un poco a las neuronas, podemos fácilmente detectar el origen de las CAUSALIDADES que aparecen de repente en nuestras vidas y que en un principio puede que nos cojan por sorpresa.

Bien…

Ahora, atendamos a la CASUALIDAD, que, en principio, parece harina de otro costal: albur, contingencia, chiripa, azar…, son algunos de sus sinónimos.

CASUALIDAD:  momento en el que suceden las cosas de una manera imprevista. por lo general, dice el diccionario, una combinación de circunstancias en que quién percibe la CASUALIDAD, nota que la sucesión de hechos es inexplicablemente coincidente, que resulta tan  inesperada, tan imprevisible, que nos parece mágica, como si existieran conexiones entre sucesos y personas o información, a través de hilos invisibles que tan solo podemos vislumbrar por momentos.

¡Vaya!, entramos en el ámbito de lo supuestamente incomprensible, me digo; de lo que debemos acatar, bueno o malo, agradable o desagradable, sin tratar de desentrañar su origen, ya que, supuestamente, pertenece al rango de lo mágico, y, por qué no, de lo divino: inalcanzable a nuestro pobre entendimiento.

Sin obviar la palabra magia que pertenece al campo de lo sorprendente, inesperado y generalmente deslumbrante, como es cualquier CASUALIDAD, yo estoy más de acuerdo con Friedrich Von Schiller, por ejemplo, que afirma que no existe la CASUALIDAD, sino la sincronía, y que lo que se nos presenta como azar, surge de las fuentes más profundas.

O con Josef Joubut, que cree que la CASUALIDAD no es más que la ignorancia de las causas físicas.

Y con Jung, por supuesto, que llegó a la conclusión de que hay una íntima conexión entre el individuo y su entorno, que, en determinados momento ejerce una atracción que acaba creando circunstancias coincidentes.

Y también estoy de acuerdo con que la CASUALIDAD nos da casi siempre lo que nunca se nos hubiera ocurrido pedir.

Llegados a este punto, me queda señalar que el Vedanta afirma que durante la experiencia de la meditación en la práctica del yoga, se vivencia directamente el funcionamiento de esos hilos invisibles (canales energéticos), a los que nos referíamos más arriba; y que si no los bloqueamos con enredos mentales, nos conectan con nuestro entorno directamente, haciendo, en un momento dado, que desaparezca el espacio y el tiempo lineal tal y como lo solemos percibir y podamos acceder a estados de conciencia expandida en que queda claro que el mundo no cabe solo en una categoría mental.

LA CAUSALIDAD Y LA CASUALIDAD son, pues, desde mi punto de vista, efectivamente dos caras de una misma moneda: la CAUSALIDAD, podríamos decir que nos alcanza a través de corrientes más superficiales y accesibles que la CASUALIDAD, que teniendo asimismo causa y efecto, principio, origen y explicación…, llega a nuestras vidas desde zonas más profundas, más secretas, mucho más difíciles de alcanzar.

Y yo creo, al igual que Benjamín Disraeli, que la CASUALIDAD, lo gobierna todo.

¿Tú, no?

 

 

 

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Silvia Cerezales Laforet Oreja de Lobo

Sinopsis

Atalanta, una joven e inquieta fotógrafa, al quedar sola tras la muerte de sus padres adoptivos y después de un tiempo viviendo casi exclusivamente a través del objetivo de su cámara, decide seguir, con ayuda de un misterioso y polifacético detective, el rastro de sus orígenes y de un hermano del que fue separada a muy temprana edad.

Al ir descubriendo los oscuros derroteros de la vida de su escurridizo hermano e ir accediendo a los secretos de su nacimiento, salen a flote sentimientos y emociones que creía mantener a raya: los peligros del desamor, la amistad, la pasión y el erotismo.

Pero al dejarse seducir por la aventura que ha emprendido, descubre, además, que únicamente inmersa en la vorágine de la vida y asumiendo los riesgos y la responsabilidad de sus actos, le es posible disfrutar de la magia que otorga el hecho simple, aunque nunca fácil, de superar el miedo a sentirse viva.

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CAFE Y BAZAR DELIC: el arte de vivir

Llegó con tres heridas:

la del amor,

la de la muerte,

la de la vida…

Así comienza la elegía que el poeta Miguel Hernández dedicó al hijo que se le murió a los pocos meses de nacer…

No se puede, desde mi punto de vista, describir mejor y en tan pocas palabras, el equipaje esencial con que aterrizamos y nos desarrollamos en este planeta, independientemente del tiempo que permanezcamos en él.

¿Acaso no rompemos a respirar empapados aún en la sangre de nuestra madre y en general berreando por culpa de las, en absoluto necesarias, violentas palmadas en la espalda con que nos han separado de las cálidas entrañas de ella?

Empezamos, pues, a desplegar con dolor las primeras alas (los pulmones), indispensables, ellas sí, para evolucionar por y en el aire de esta Tierra que nos acoge a todos por igual, pero en la que cada uno aterriza, ama, y termina muriendo a su manera.

Y el motor que bombea la vida es el corazón; en rojo, a veces lento y tranquilo, y otras, apasionadamente.

¿Quién no ha pronunciado alguna vez, al intentar describir una intensa emoción recién vivida, palabras como estas: “Creí que se me paraba el corazón…”, o, por el contrario: “Se me desbocó el corazón…; sentí como si quisiera salírseme del pecho…?

Por lo tanto,

y por lo visto,

el arte de la vida,

el triunfo en la vida de cualquiera,

depende de si uno transita por ella, teniendo en cuenta el contenido de su corazón, o no.

Porque cualquier proyecto que valga la pena, se nutre, como la vida misma, de lo que late dentro de él..; del contenido que fue atesorando el tierno corazón de nuestros primeros años: de los sentimientos que provocó y le provocaron; de la pila de conocimientos prácticos que atesoró en su memoria; de las millones de imágenes a diferentes escalas, infinitas de coloraciones, tonalidades y matices que imprimió en su retina; de los ruidos del mundo que dejó penetrar en sus oídos: suaves y armoniosos unos, secos, agudos, cacofónicos o vibrantes, otros; de los sabores y tactos, excitantes, dulces o amargos, que llegó a probar…En definitiva, el corazón es quién moldea nuestro interior de ser humano; y en él, por lo tanto, suceden también los cataclismos…

Sí,

suceden:

Un buen día, por ejemplo, sin terminar aún de madurar, de pronto, el corazón se pone a temblar con gran intensidad, una intensidad tan inexpresable y desconocida hasta el momento que, sin previo aviso, se encuentra uno con que se le está saliendo por la boca, por las manos, por los poros…; que se le está abriendo el corazón como una fruta temprana o como la tierra en un seísmo, de par en par, rebosante de los tesoros que ya no es capaz de contener y que, sin remedio, derrama sobre quién más cerca tiene, como un volcán su lava, inevitablemente con pasión, ofreciéndose a sí mismo, desbordado, desbocado; inocente y vulnerable…Y es fácil que nuestros más íntimos tesoros y secretos recalen entonces, también sin previo aviso, sobre quién o quienes ni los han pedido, ni por lo tanto pueden apreciarlos. Y sucede, asimismo, que en momentos como estos, lo más seguro es que acabemos con el corazón palpitando a nuestros pies, hecho pedazos.

¿O no?

¿Quién no ha sufrido alguna vez un tsunami de estas características en su primera juventud?: ese primer descalabro emocional que nos muestra los dientes de la vida desde su revuelto y misterioso mar; que nos enseña que saltar entre las olas es arriesgado y peligroso.

Y hay quienes,

llegados a este punto,

claudican por no arriesgar la piel del alma.

Y la pierdan, al entregar el corazón a otros para que lo manipulen como quieran; pegados los pedazos de cualquier manera; cerrado a cal y canto; revestido de sonrisas y actitudes que disimulen su dolor…

Rectificar es de sabios, dicen…; y excelente, pienso yo, pues solamente por medio del riesgo y el peligro, el espíritu puede llegar a florecer…

Y así,

Hay quienes,

una vez derramadas lágrimas ardientes,

recogen su corazón al vuelo, como quién rescata a un cachorro herido, palpitante de inocencia, y lo consuelan por medio de caricias, restaurándole el perdido brillo, la alegría y la belleza. O podríamos comparar también este momento a cuando Aladino encontró en una cueva llena de ladrones, la vieja lámpara oxidada, (su propio corazón, se entiende) y la frotó por ver si le sacaba brillo hasta que, inesperadamente, de ella surgió un genio, -el suyo- portador de claras ideas desechadas, de sus más recónditos recuerdos; de sus sentimientos más profundos y apartados; de todo lo digno de compartir que dormitaba allí, cubierto de telarañas y de olvido.

Por lo tanto,

Hay quién,

una vez recuperado el equipaje,

decide saltar de nuevo entre las olas de la vida, estremecido; temblando a lo mejor, si, seguramente; pero también brillando bajo un cielo donde reina siempre el sol, o las estrellas, o la luna.

¿Será por eso que Delic tiene las puertas azules?

Y es que tanto Delic café, como Delic Bazar, son un ejemplo de lo que acabo de decir. Ambos, frutos de un corazón abierto, ofrecido y siempre floreciendo: el de Elena Guereta, quién, un buen día – ella sí saltó al oleaje de la vida -, arribada a puerto corazón en mano, lo plantó,abierto y palpitante, en una hermosa plaza; una plaza como la de los cuentos: con su iglesia, su escuela, su rosaleda, sus bancos de madera, sus pájaros piando, sus perros revoloteando, sus árboles floreciendo y niños persiguiéndolo todo, juguetones.

Desde entonces, Elena comparte sus tesoros con quienes desean compartirlos, en el mismísimo corazón (valga la redundancia) de la capital del Reino.

¿Entramos?

Vamos a echar un vistazo…

Como es de día y final de primavera, llama mi atención, primero, el ventrículo izquierdo, el del Bazar, donde me recibe el color cielo de sus puertas, flanqueado por dos generosos olivos y profusión de bellas flores: hoy tocan peonías rojo sangre, liatris violetas, verónicas blancas, ruscus verdes y una cascada de hiedra…; mañana, dios dirá. Y nada más entrar, me envuelven las fragancias a madera de muebles de la época en que mis abuelos decían que los recién nacidos llegaban de París. De allí mismo vienen estos muebles, escogidos por Elena, minuciosa, amorosamente; ofrecidos en su tienda por inimitables y bonitos, claro está, pero también y sobre todo por llevar impresa encima de sus mesas, tras sus puertas y cajones, la feliz nostalgia de una infancia vivida entre muebles similares…Hay también preciosas alfombras Tuareg; hermosas vajillas de Marruecos; ropas de cama maravillosamente trenzadas de algodón, sábanas de hilo italianas “Consorcio”; maravillosos pijamas de seda, de la modelo española Olatz; joyas de Elena Rohner; bonitos jerseys tricotados a mano y gorros, vestidos, sombreros espectaculares; bellísimos complementos de diseños exclusivos, realizados por la misma Elena o por artistas invitados, de primera clase, afines a sus gustos y a su gran talento…Un placer para los sentidos. Enormes ganas de llevármelo todo puesto.

Salgo del bazar repleta de belleza y buenos sentimientos, y como el tiempo es también bueno, me acomodo en la terraza del ventrículo derecho: en Delic café, donde se me ofrece degustar excelentes cafés, por cierto; zumos fresquísimos y variados tés; tartas exquisitas, bizcochos tripudos, sabrosas tostas calientes, y si no fuera tan temprano, probaría cualquiera de sus ricas ensaladas, comidas o cenas, nacidas de exóticas y deliciosas recetas, algunas inventadas, otras más caseras; muchas de ellas traídas de allende los mares, de los innumerables viajes que Elena disfruta y fotografía por los confines de este mundo: interesantes, bellas y conmovedoras imágenes captadas por su cámara, decoran las paredes, y lo ratifican.

Contemplo a los perros y a los niños de la plaza, entrando y saliendo del local, como Pedro por su casa, siempre bienvenidos. Y esto, no tengo más remedio que decirlo, porque no es habitual, en la mayoría de los sitios, los perros y los niños, lo más bonito que tiene una ciudad, es como si pincharan. Parece que estén prohibidos…Vuela por el aire un ritmo de ragee, y para acompañarlo, de pronto, surge de una esquina de la plaza, un guapo jamaicano acabado de llegar; transoceánico. Enseguida empieza a repartir sus cálidos abrazos entre los que por lo visto son o fueron sus compañeros de trabajo…Una chica peruana sonriente sale de la cocina con olor a tarta de amapolas y lo abraza…Todos rían, felices del encuentro.

Comiéndolo y bebiéndolo, – y sin que yo, tan distraída, me haya dado cuenta- acaba de caer la noche sobre la Plaza de la Paja.

Ahora empieza otra película, me digo.

Y la luna creciente, cambiando el escenario, me hace un guiño.

¿Estaré soñando?

¿No estoy viendo, acaso, surgir como por encanto, del azul anochecido de la puerta del café, la figura solitaria de un cazador de safari, con su salacot y todo? Fijaos como barre con los faros verdes de sus ojos encendidos la arena de la plaza, acechando, quizás, a la fauna que a estas horas sale de las sombras y se va acercando a él. Podría muy bien tratarse de Clark Gable, escapado de la película de Mogambo con ganas de salvar a sus dos chicas, la rubia y la morena, de los peligros de la noche madrileña Sin embargo, aventuro que el cometido del valiente cazador es el de proteger a Elena, atenuando o extinguiendo fuegos desmadrados; enderezando, supongo, ollas que se desparraman al llegar a la puerta del café; consiguiendo, en definitiva, que este tipo de excesivos no contaminen su local, en donde los bebedizos y los filtros que allí se ofrecen y consumen, solo inducen al amor, a la pasión y a la amistad.

Miro de nuevo, ahora atentamente, al cazador de agravios, y descubro que tras su imponente y fornida facha de hombre duro, late, en el fondo, un corazón muy tierno…La música en torno de él, la que ahora sale suavemente por la puerta, tiene ritmo de tambores africanos..

Y de pronto, mirando este hermoso panorama, me siento como si formara parte yo también de una película, pero ahora de esas tipo cómic- años cuarenta o cincuenta – Y veo, bajo esta nueva perspectiva, como se acerca una pareja al Delic, cruzando la plaza cogidos de la mano. Ella luce hermosa melena cayendo en cascada de dorados bucles sobre los hombros de su cuerpo cimbreante ceñido en un vestido que, desde la distancia, parece de lamé. La tez oscura y los musculosos brazos de él, resaltan contra camiseta veraniega y pantalones color crema.

Y se me ocurre, iluminada bajo el  gran gajo de brillante luna, que, tras entrar estos dos en el local, podrían encontrarse fácilmente con el capitán Haddok, – el de Tintín- acodado en una de las barras de madera, vaso de ron en mano y loro al hombro, sintiéndose, mientras flota en los efluvios del alcohol, como en su casa. A la luz de los apliques que salpican las paredes, idénticos a los del camarote de su barco, puede contemplar a gusto el capitán, mapas como los que él, seguramente consultaba antes de embarcarse hacia lejanos continentes como Asia, por ejemplo, o tal vez, África..; o cuando iba, algunas veces, a Brasil….Y, como no, a Tintin, también puedo imaginarlo, en la salita del fondo, departiendo en una mesa con otros periodistas o con misteriosos y exóticos agentes de Moscú. Y a Milú, dormitando encima de sus pies.

Nada de esto resulta extraordinario si uno sabe que en Delic la magia siempre está servida, y que a lo largo de las horas, por la noche o por el día, se acomodan y desfilan por aquí, multitud de actores conocidos y también desconocidos; músicos, saltimbanquis, escritores, dibujantes y pintores, futbolistas, publicistas, empresarios..; en fin, una completa y variada fauna de aventureros de la vida.

¿Y Elena, donde anda?, me pregunto mirando a todos lados, a punto ya de retirarme a mi cuartel de primavera. No la veo…

¡Pero cómo vas a verla, alma de cántaro!, me digo, palmeándome la sien. Estará, lo más seguro, entre sus sábanas de hilo, acompañada de su elefante y su jirafa de madera, y de sus perros y sus gatos de verdad…Soñando…Y puede ser que en este mismo instante,lo que sueña es que formamos parte de su sueño.

LANCELOT – IN MEMORIAM – (4-4-1996 – 10-5-2012)

Hace ya una semana, y parece que aún estás conmigo; que en este mismo instante me observas con tus rasgados ojos glaucos, tan inteligentes: al acecho, como solías; envuelto en tu brillante pelaje plateado que fue el que te dio el nombre, ¡y qué nombre!, un nombre de guerrero: Lancelot.

Te bautizamos hace diecisés años, el día que llegaste a casa, cuando, como ahora, se anunciaba ya el verano.

Al observarte atentamente, convinimos que había grandes semejanzas entre tu incipiente personalidad y la de Sir Lancelot del Lago, el caballero de la armadura plateada que, en Camelot, perteneció a la Mesa Redonda del Rey Arturo y que, además de valiente y arrojado, se atrevió a ser amante de Ginebra, la reina de aquel rey y de aquel reino.

Eras fiero. Si, muy fiero. Y eras tierno. Si, muy tierno. Lo cortés -ya sabemos- que no quita lo valiente.Y tú  nunca dejaste de hacer los honores a tu nombre. No perdiste jamás la dignidad y tampoco asomó, ni siquiera cuando tus riñones ya no te ayudaban a vivir y casi no podías moverte, ni la sombra de un ápice de súplica o de derrota en tu mirada. Habías instalado en ti, una interiorizada escucha de lo que te iba acontecimiento; una espera quieta, profunda y silenciosa.

Durante tu larga y azarosa vida, – toda vida es azarosa- y nacidas de tu actitud de gato insobornable, lanzabas, en algunas ocasiones, miradas inquietantes: fieras, cortantes, frías, puro hielo. Pero también emitiste, casi siempre y hasta el último momento, profusos, largos y tiernos ronroneos de placer al recibir atenciones y caricias, sobre todo las de ella; las de tu dama principal y principesca que, por cierto, no soy yo.

Y aunque sé que no te rascaré nunca más el entrecejo, ni debajo de la barba, como tanto te gustaba, también sé que has quedado para siempre acurrucado en el centro de mi alma, donde está mi corazón. Y como de ahí tengo el poder de rescatarte cuando quiera, ahora mismo voy a hacerlo,  a ejercer este poder y revivirte, recién destetado, cachorro azul, (por entonces aún se veía bajo tu pelo gris que apenas empezaba a despuntar el color azul-cielo de la piel con que naciste) aterrizando – desde los míos- en los brazos de tu dama, de tu particular Ginebra.

Aquel día, recuerdo que lucías unas largas y finas patas y orejas ya crecidas también hasta su último tamaño, puntiagudas y trémulas;  desproporcionadas todavía, patas y orejas, con el resto de tu cuerpo.

Aquel día, tus ojos verde-claro, que apenas acababan de dejar -en la montaña, entre las nubes y el viento- de contemplar los de tu madre y tus hermanos, se posaron en los de la Niña  que, con trece años, al tocarte con tanto amor como lo hizo, se convirtió en todo lo adorable para ti; en la inseparable compañera de tu vida, y mucho más que eso: en tu reina.

Creciste, – estaba recordando- en fiereza y hermosura, junto a Ella. Yo miraba, Y muchas veces me asustaba y salía huyendo de tu lado porque, en la creciente plenitud de tus facultades; en el ejercicio del entrenamiento de tus dientes, y para afilar tus uñas (armas, tuyas, de guerrero), mordías y arañabas todo lo que se te ponía por delante, incluidas piernas, manos y brazos de los habitantes de tu casa, con el fin de practicar las artimañas y estrategias necesarias con que enfrentarte a los peligros que pudieran acecharte, y también para aprender el arte de la caza. Aunque a pocos peligros tuviste que enfrentarte y necesitar, no necesitaste cazar nunca, creo. La comida llenaba abundante y puntual tu cuenco, y el agua, la bebías en el lago artificial que te habíamos preparado en la terraza, al que no faltaba, en su fondo transparente, tu espada plateada de guerrero, la de rigor.

Aunque, claro, en tu vida no todo fueron comodidades y arrumacos. No te hubiese gustado. Te habrías aburrido.

¿Recuerdas la terrible pelea a muerte que entablaste con tu hermano Batman (así se llamaba), cuando fuimos de visita a aquella montaña de donde procedías?

Fue por la supremacía de la silla de enea, junto al hogar; por el trono gatuno que, en tu ausencia, ocupaba él.

Conseguiste herir a Batman, le abriste la cabeza con tus uñas afiladas. Así le desterraste de su reino. Y al final de la semana, cuando ya nos íbamos a ir, lograste, por fin, sentar tus reales en aquel trono. Para orgullo tuyo, y nuestro.

Sin embargo, hay que decir que jamás te interesó demasiado la compañía de los de tu especie.

Por ejemplo, el día en que tu dueña y señora te buscó un amigo; un gatito pelirrojo, muy guapo: Chinaski, para que te entretuvieras, dejaste de ronronear.

E, ingenuas de nosotras, madre e hija,- tal para cual- creímos que habías llegado a una edad (que poco sabíamos sobre gatos, por entonces) en que los gatos ya no ronronean. Te hacíamos fiestas, y tú las soportabas o te alejabas de ellas, pero siempre mudo, elegante y desdeñoso. Hasta que, por fin, conseguiste echar a Chinaski de tu lado. Para siempre. Cómo te las arreglaste, es un misterio. Pero desapareció en el transcurso de un viaje,  y nunca más supimos de él. De inmediato, ante nuestra gran sorpresa, volviste al ronroneo, profusa y felizmente.

Pero no sólo fue a Chinaski a quién tuviste que “dar puerta”, ¿verdad que no?

Pasado un tiempo razonable, a tu dueña, que atravesaba por entonces la edad de los amores furibundos, se le ocurrió, esta vez, que tú también tenías derecho a cubrir tus necesidades amorosas, y, sin pensárselo dos veces, te proporcionó una novia, a la que bautizó -como correspondía- con el nombre de Ginebra. Era una gatita negra, preciosa, a la que, sin embargo, tú desdeñaste igual que al otro gato, olímpicamente, y que terminaste por hacer desaparecer sin que nos diéramos cuenta, también, un buen día, y de repente. Vete tú a saber que clase de terribles amenazas les maullabas a estos gatos en la oreja. Pero el caso es que funcionaron, y ya no compartiste nunca más ni tu reino, ni a tu reina.

Viviste, claro está, otras aventuras. En algunas también participé yo. En otras muchas, no. Las viviste con Ella, o por tu cuenta.

Pero el amor, si el amor por alguien que se fue para siempre es, al recordar a esta persona o a este ser, sentir un estremecimiento de nostalgia o arrancarse uno a sonreír al aire con ternura, o sentir que la congoja por la ausencia sube desde las entrañas y sale por los ojos en lágrimas saladas, o es una risa que brota, espontánea, al recordar una anécdota divertida, vivida junto a él. Si, además, el amor es compartir todo esto con la gente que, en este caso, a ti te quiso o que nos quiere a nosotras, ten la seguridad, que aunque estés feliz en el paraíso de los gatos, las que aún estamos por aquí, te añoramos, te queremos y te recordaremos siempre.

¡ESPELUZNANTE!

De llevar los pelos de punta todo el día y toda la noche, y no solo los de la cabeza, previa gomina; qué también. Porque ahora, por fin entiendo lo de los pelos de punta, tiesos como escarpias, lo de esas cabezas tipo puerco espín que lucen muchos jóvenes y no tan jóvenes, guiados, en su mayoría, por la moda y el diseño.

Porque si uno lo mira bien, no está tan mal pensada esta moda. De verdad. Permite que los chavales se vayan acostumbrando a que los demás pelos del cuerpo, los cortitos, los que se erizan solos, se les disparen, como a día de hoy se nos están disparando a casi todos, de forma espeluznante, día y noche, gracias a los sustos que, cual veneno mortal y en dosis cada vez más agresivas, nos inoculan en el cuerpo los amos del cotarro: de forma virtual o simplemente en plan atraco cuando vamos por la calle tan tranquilos y se nos ocurre, por ejemplo, algo tan básico como comprar comida o tomar el aperitivo en algún bar.

Pero lo más espeluznante del asunto, y supongo que estarán ustedes de acuerdo conmigo, es que algunos estén viendo solo ahora y con gran estupor (se les encendió la bombilla de pronto, al empezar a no tener que llevarse a la boca); con claridad más que cristalina, sin remedio ni salvadores asomando por el horizonte, el desastroso patio de vecinos,- ese que creían, hace nada, que iba a lucir tan lindo- donde verdaderamente están, y además chapoteando, enfangados en todo tipo de fraudulencias, hasta más arriba de la cejas. Y aún más indignante es, que esta inmensa “Mayoría”, parece ser que pensaba, y algunos lo siguen pensando, que no sabían que sabían que estaban votando vivir, y no precisamente a ciegas, en el panorama lleno de mierda donde ahora viven.

¿A que parece una pesadilla? Pues no, esto no es una pesadilla. Se trata de la idílica situación que han votado experimentar, y parece ser que babeando, la Mayoría de Tontos del Ala que constituye gran parte del electorado de este nuestro país que, gracias ahora a esta clase de fauna con las alas rotas, difícilmente remontará el vuelo…

Pero no todo está perdido, señores. No hay que preocuparse. Hay quién vela por nuestros intereses. Internet está plagado de ideas, y muchas buenas, para que lo solucionemos. Pero también la prensa de papel, pone su granito de arena. Por ejemplo, junto a su suplemento dominical, un periódico de línea conservadora de lo que nos ha traído hasta aquí, y católica, por demás, tiene el detalle, por un par de euros más en su precio de salida, de brindarnos ideas drásticas para acabar con tanto mangante y tanto mangoneo. (Aunque, sinceramente, no creo que tampoco este periódico sepa lo que está haciendo.) Primero nos ofrecieron, (y yo las compré todas) las películas de Tarantino, en las que asesinos psicópatas: jóvenes hasta el mismísimo de aguantar el ejemplo y el maltrato de sus mayores, deciden, sin decir ni mu y en cuanto pueden, coger la metralleta o el cuchillo carnicero e ir a degüello, – poniéndolo todo perdido de sangre- con quién se les ponga por delante y no les “mole” su jeta.¿Y por qué? Porque están hasta la coronilla de aguantar a tanto hijo de puta y se han vuelto majareta. Una de estas películas se da un aire a Bonny and Clyde, pero en moderno y más retorcida, donde va a parar, la parejita.- para algo han pasado las décadas- Con unos planos, estos filmes; unos guiones, una fotografía, y el talento que gasta Tarantino dirigiéndolos, que le dan a una ganas de convertirse en un personaje de esos suyos virtuales, tipo cómic, (la mayoría lo son) que al final salen impunes e ilesos y se quedan tan frescos, sin remordimientos ni nada, después de haber limpiado el planeta de unos cuantos de los muchos cabrones que sobran en él. A sangre fría.

La segunda remesa de películas de este mismo periódico, las que están ahora en los kioscos, es la de gansters. Estas enseñan el panorama desde otro ángulo, el de los policias corruptos y los ladrones que se hacen con el dinero de forma descaradamente ilegal, y también a tiros. Sin que se les mueva una pestaña.

Y todo este despliegue cinematográfico con respecto a cargarse a los que sobran, será, digo yo, para que vayamos tomando nota, a ver si dejamos ya el muro de las lamentaciones y hacemos algo de una vez para arreglar esto.

Pero, la verdad, puestos a escoger, yo preferiría hacer la faena, tipo Islandia, si se puede. Sin gota de sangre. El pueblo unido que allí no ha sido vencido, y “todos a una, Fuenteovejuna”, defendiendo derechos y dineros públicos, con el resultado que todos conocemos (o deberíamos), y que sí que es un buen ejemplo a seguir: bancos sin más inyecciones de dinero público, por lo tanto en bancarrota; gobernantes cobardes, aprovechados y mangantes, destituídos e imputados por sus mangoneos. Y para finalizar la limpia, en Islandia ya hay una nueva constitución en marcha, sin letra pequeña, rastrera e infame, para que los “malos” no queden impunes, parapetados en paraísos fiscales, tan ricamente.

Porque en Islandia ya no pasa lo que todavía sigue pasando aquí, -y vete tú a saber hasta cuando- en que, por ejemplo, el Sicario Mayor del Reino, – ese, al que la mayoría de los españoles votaron en las últimas elecciones, tan orondos ellos, solo porque mentía, supuestamente mejor que los otros, respaldado por una supuesta mayor cantidad de euros alimentando su campaña, -se permite decir- y esto hace un par de días lo he visto yo en el telediario después de que la locutora anunciara que Bankia había sido inyectada con unos 15.000 millones de euros de dinero público- que el gobierno que él preside, jamás inyentará dinero público a los bancos. Y, – toma nota, que ésta si que es buena – tras una estudiadísima pausa, en la que puso la cara de tonto del haba que pone, (que a él y a sus asesores les parece que puede pasar por la de padre de familia y de la patria honesto y ejemplar) concluyó de esta guisa: ..”.a menos que sea absolutamente necesario…”, con un par…, y hablando en futuro, cuando se acababa de informar al personal, dos minutos antes, del pastizal inyectado a Bankia…

¿No es para mear y no echar gota? Sobre todo cuando a muchas empresas que viven de pagarés y créditos bancarios, se les niega el crédito y tienen que cerrar el negocio. ¿No les parece a ustedes indignante, y mucho más que indignante, que no podamos acceder a que nos presten, ni siquiera con intereses altísimos, nuestro propio dinero? (hablo del de los impuestos que pagamos que es el que se regala a los bancos)

Y para terminar hoy, lo haré también, – ya que estamos – recordando otra película.

¿No les parece que es como si estuviéramos viviendo en la peli de Robin Hood, pero al revés? El héroe robando a los pobres para darles el dinero a los ricos. Con todo su morro.

El Día del Libro

Me parece un buen día, el “Día del Libro”, para empezar a soltar palabras al aire. Ha coincidido, de veras.

Se me ocurrió abrir un Blog, le puse título, y cuando me he decidido a escribir en él,  resulta que es el “día del Libro”.  Reconozco que me gusta la coincidencia.

Hace años, el día del Libro, era un día especial,  junto al día de la Madre y el día del Padre. Eran días para regalar: libros, corbatas o electrodomésticos, por ejemplo.

Luego, a esta pequeña lista, se sumó, el día del Trabajo, y con el tiempo y la democracia, los días de la “Mujer Trabajadora”, del “Minusválido”, del Sida, del Cáncer, del “Niño”, de “los Abuelos”, de los “Perros”, del “Agua”, etc, etc…; una larga lista de “Días de” que, a día de hoy, se ha desmadrado completamente.

Resulta que ahora cada día es el día de Algo. Pongo la tele y de repente me entero de que estoy viviendo en el “día del Móvil, o en del “Mueble”,  y dentro de nada, será en el “Día Internacional de la Uña del Pie Derecho”… Así como suena, sin exagerar.  Y no es que no tenga gracia la cosa, que desde luego la tiene, pero en fin, todo debería tener un límite. O quizás, no…, quién sabe… Y pienso, al hilo de lo dicho, que si a nadie se le ha ocurrido todavía, habrá que instaurar el “día del Blog”, no vaya a ser que los “blogueros” nos quedemos sin santo y seña. Seríamos los únicos, desde luego; lo que, por otro lado, no estaría nada mal dado que nos significaríamos y mucho, por omisión. Eso es, sin “Día”, todos los días serán nuestros.

En fin, me gustaría, antes de despedirme por hoy (día del Libro), recomendar- como no- la lectura de uno magnífico que acabo de terminar de releer: “El viejo y el mar”, de Ernest Hemingway.

Me saltó a las manos mientras pasaba revista a los tomos de mi biblioteca buscando algo reconfortante que llevarme al cerebro. Acaricié su lomo, y ahí me quedé: prendada de su piel mientras, desde mi memoria, afloraban ecos; oleajes de una primera y ya lejana lectura.

He podido volver a ver, tocar y oler el mar, con los sentidos y las emociones del viejo pescador de Hemingway: saborear la belleza y el clamor de su océano; practicar el arte de la pesca con su precisa y minuciosa dedicación; vivir, en suma, en medio del Caribe sus emocionantes horas de soledad, teñidas de paciencia bajo un sol abrasador y también de oscuridad y de hambre y de frío.

He esperado, junto al viejo pescador, a que los suculentos cebos, colgados de sus cañas de pescar, profundizaran lenta y lo suficientemente en aguas cada vez más tenebrosas y lejanas, para así tratar de conquistar al pez más grande jamás visto.

Y he aprendido, al acompañar al viejo pescador en su aventura, que para lograr lo que uno anhela,  hay que estar alerta y ser, como él, paciente en la espera, y como él, sereno y preciso una vez tocado el objetivo, porque ahí no acaba todo: hay que izarlo aunque parezca que ya no tiene escapatoria; domeñar la fuerza de su rebeldía y saber, al  mismo tiempo, admirar su belleza y libertad, pues siempre nos veremos ante un digno contrincante.

He aprendido, también, que la captura de un gran sueño, obliga en ocasiones a aguantar durante largas y angustiosas horas a que, aun con el anzuelo clavado en las entrañas, nuestra conquista se empeñe en huir de nuestro lado y arrastrarnos hacía desconocidas costas y asombrosos arrecifes plagados, muchas veces, de voraces alimañas. Y que se trata,  aun así, de no claudicar, de no soltar presa, de no rendirse.

Sí,  he recordado todo esto en compañía de Santiago, el viejo pescador al que Ernest Hemingway prestó su espíritu de invencible y titánico guerrero, cuando estaba ya en declive.

Y la moraleja de este cuento (si la hubiera) – uno de los últimos y más aclamados del gran escritor americano -, es, a mi entender, que perseguir y conseguir hacer real un sueño, es posible a todas las edades. Y que, además, la vejez concede un plus para lograrlo: el de la  sabiduría, adquirida a lo largo de los años,  si uno no se rinde, claro, y está dispuesto a explorar la vida en nuevas dimensiones, pase lo que pase, y a pesar de los pesares.

¿Se puede pedir más de un cuento?